Historia General del Pueblo Dominicano Tomo VI

207 Historia general del pueblo dominicano decir, un exmilitar que iniciaba una carrera política. Esa tipo de situaciones es más común en Latinoamérica de lo que uno se imagina. Lo específico del caso dominicano es que ese exmilitar se proponía crear un espacio político en el terreno que Balaguer no podía permitir: el mundo militar. No lo podía permitir porque subvertía la política del equilibrio de facciones y, lo que es más importante, abría el manejo de la cuestión militar a los actores políticos directos, lo que conspiraba contra la política bonapartista que articulaba la unidad del régimen. La humillación ante las cámaras televisivas el 30 de junio de 1971 de un Wessin conspirador 35 anunció que en el juego de fuerzas mili- tares solo Balaguer podía pensarse como el recurso político que aseguraba su unidad y nadie más. Dos años después, en 1973, la guerrilla de Caamaño le dio a Balaguer la oportunidad de fortalecer otro filón ante los militares: probar su lealtad a la política de la seguridad nacional de los Estados Unidos en la región, pero también fortalecer su imagen y ascendiente en las Fuerzas Armadas. Pero Balaguer le puso su nota personal a la situación: aprovechó el conflicto para dejar claro que su lealtad a los Estados Unidos no pasaba por abrir un fren- te de conflictos directos con Cuba, hizo todo para demostrar que la unidad militar se ponía en movimiento contra los enemigos externos y finalmente, dejó un halo de bruma frente a la oposición (Bosch, Peña Gómez, el PRD y la izquierda), en relación a sus posibles vínculos con el coronel de abril. El terrorismo de Estado que la llamada Banda puso en movimiento pone de manifiesto otro de los aspectos a que la política de equilibrio militar con- ducía. Organizada desde la propia Policía Nacional, como vimos arriba, La Banda resolvía un tipo de problemas que por definición el aparato militar no podía en lo formal asumir: el terrorismo hacia la población civil. Dados los vínculos del jefe de la Policía Nacional con importantes sectores de la asesoría militar norteamericana, no es creíble la tesis de Brian J. Bosch de que en rea- lidad La Banda Colorá no contó con el apoyo norteamericano o al menos su visto bueno. La Banda expresó ciertamente una tensión nunca resuelta en el régimen: su propósito excluyente de toda oposición organizada en el Estado y el riesgo a que conducía una práctica de dominación fundada esencialmente en la represión. A esto debe agregarse que precisamente en el marco de esa tensión se sitúan varios elementos «del caso de La Banda»: por un lado, al ser estimulada por la Policía Nacional, bajo el mando de Pérez y Pérez, La Banda pasó a definir un campo del conflicto con Nivar Seijas. Eso condujo a que este último desde el Ejército se opusiera a este mecanismo terrorista y fortaleciera simpatías en la sociedad y sobre todo en la oposición política perredeísta, con lo que se creaba así un espacio de riesgo para el mantenimiento del propio

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