Historia General del Pueblo Dominicano Tomo VI
Historia general del pueblo dominicano 167 nosotros puede afirmar que el acuerdo [sobre el gobierno Guzmán] que había sido virtualmente finalizado ayer le brinda las segurida- des necesarias a los Estados Unidos. Hay fuertes pruebas de que les daría el control del Ejército dominicano a aquellos que ahora tienen el control en Ciudad Nueva. [...] Todos nosotros enWashington y aquí [en Santo Domingo] pensamos que hay hombres en el mando rebelde que prefieren continuar la lu- cha a un acuerdo que no los deje en control. Teniendo en cuenta estos últimos acontecimientos, yo no creo que el gobierno de Guzmán tal como se había negociado hasta ahora nos ofrece bastantes garantías. Tampoco creo que el tiempo juegue contra nosotros. Por consiguiente creo que cuando se reanuden las negociaciones tendremos que presentar nuevas exigencias que nos permitan com- probar cuál sería la influencia del mando militar rebelde en el nuevo gobierno y al mismo tiempo limitarla. Por ende Bundy propuso un endurecimiento de la posición de EE. UU. para tantear a Guzmán: exigir que tres prestigiosos líderes constituciona- listas, el ministro de las Fuerzas Armadas Montes Arache, el ministro de la Presidencia Héctor Aristy y el capitán Peña Taveras salieran del país; además propuso replantear la cuestión del ministro de las Fuerzas Armadas y exigir que se nombrara a un oficial neutral que tuviera el beneplácito de los dos bandos. 100 Lo que más llama la atención del cable de Bundy es la ceguera que evi- dencia. Bundy estaba sinceramente indignado por la actitud de Guzmán. Y sin embargo él, altísimo funcionario de la administración Johnson, no podía no saber lo que los periodistas norteamericanos estaban pregonando a los cuatro costados: EE. UU. estaba agrediendo a los constitucionalistas, primero, permitiendo al GRN, que ellos controlaban, atacar los barrios altos en viola- ción de la tregua del 5 de mayo; y segundo, por estar ayudando a las fuerzas del GRN en su ofensiva. Sin embargo, Bundy consideraba la indignación de los constitucionalistas como un acto de agresión contra EE. UU., y el hecho de que Guzmán la hiciera suya como una prueba de debilidad de este. Parece absurdo, pero era solo un ejemplo más de aquella conocida habilidad de EE. UU. de transformar la victima en agresor cuando el agresor es Estados Unidos. Y lo peor de todo es que Bundy era, entre los altos funcionarios de la administración, el que más simpatizaba con la fórmula Guzmán y no tenía reparo en reconocer que «la solución Guzmán es la más cercana a los deseos del pueblo que podemos lograr». 101
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