Historia General del Pueblo Dominicano Tomo VI

150 La Revolución de Abril Así, en lugar de una mediación, los líderes constitucionalistas recibieron una lección de «democracia»; cuando esta terminó, fueron devueltos al cruel mundo. Para la mayoría, entre ellos Molina Ureña y Hernando Ramírez, que estaba sufriendo un fuerte ataque de hepatitis, eso significaba buscar asilo en distintas embajadas. Pero para algunos, incluidos Caamaño y Montes Arache, significó el camino hacia el puente Duarte. Ahí se seguía combatiendo. Un poco antes de la 5 p. m. las fuerzas de Wessin alcanzaron la calle José Martí, la última de las 5 calles que había entre el puente y la avenida Duarte. Una última arremetida, de unos 25 metros, y llegarían a la avenida. Pero nunca lo lograron. Acosadas por los contraataques rebeldes, cedieron terreno. De nuevo pasaron a la ofensiva, pero nuevamente tuvieron que retirarse. Las tropas de Wessin abandonaron el terreno tan penosamente ganado aquella tarde. Cruzaron una vez más el puente Duarte, pero esta vez en dirección a San Isidro. Eran las 6 de la tarde del 27 de abril. Mucha gente hablaría después del «milagro del puente». Fue realmente un milagro para todos los que habían llegado a la conclusión de que la causa rebelde estaba perdida. El milagro tomó forma cuando, a pesar de las bombas y del fuego de las ametralladoras, cientos de soldados y miles de civiles se juntaron en masa en la cercanía del puente Duarte para bloquear el paso a las fuerzas del CEFA, desafiando la muerte. Frente a ellos, tropas que nunca habían luchado en las calles de una ciudad ni enfrentado a un enemigo capaz de defenderse. Tampoco las horas de bombardeo las habían familiarizado con el espectro de la muerte. Para ellas también, se trataba de un bautismo de fuego. ¿Por qué estaban allí, avanzando bajo las balas de los rebeldes? ¿Para defender los intereses de Wessin, o los escasos beneficios que sacaban de su status relativamente privilegiado? ¿Cuántos hubieran estado allí si hubieran tenido la oportunidad de elegir? La moral de los rebeldes se entonaba al paso de las horas. La resistencia dejaba de ser una ilusión, era real. Al mismo tiempo la moral de los atacantes declinaba. La batalla era desigual y la retirada inevitable. Para las masas, se había logrado un milagro. «Siempre habían estado a merced de los hombres con armas. Ahora, por primera vez en su historia, el pueblo tenía armas, y había obligado a los tanques a retirarse. Estaban derro- tando a las Fuerzas Armadas que simbolizaban siglos de calamidad». 48 Fue poco después de las 5 de la tarde que Caamaño, Montes Arache y algunos oficiales más llegaron desde la embajada americana a la zona de los combates, a tiempo para participar en la fase final de la batalla y enlazar sus

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