Historia General del Pueblo Dominicano Tomo VI

144 La Revolución de Abril mando de algunos suboficiales que ya no respondían a la jerarquía militar, sino que actuaban por su cuenta; los acompañaban grupos de civiles, algunos con armas. Los atacantes querían conseguir armas y eliminar un enemigo que se abalanzaría contra ellos en cuanto Wessin lanzara sus tropas contra la capital. Muchos también querían vengarse. El 25 el pueblo de la capital había respondido a la victoria constitucionalista vitoreando pero sin violen- cia; celebrando pero sin tratar de vengarse de sus verdugos. Fue una lección de civismo impresionante. Pero no así el 26, mientras cientos morían bajo los golpes de los aviones. El único blanco posible para quienes habían estado saboreando su liberación era la Policía. Hubo casos en que policías fueron ase- sinados después de haberse rendido, o cuando eran descubiertos en la calle. En medio de la confusión, en una atmósfera de creciente violencia y des- organización, hubo también actos de pillaje. «Pandillas de alborotadores [...] empezaron a merodear por los barrios residenciales del oeste y los accesos a la autopista del norte, donde las casas están muy aisladas, forzando las re- sidencias de ricos dominicanos», escribió el corresponsal de Le Monde . Pero no hubo una orgía de saqueo y pillaje de la que se quejaron los enemigos de la rebelión. «El pillaje fue limitado». 32 Tal como lo relata un testigo que era hostil a los constitucionalistas, «Aquellos muchachos hambrientos pasaban armados frente a las tiendas de comestibles y las respetaron». 33 S antiago Mientras, las unidades militares en el interior del país seguían enviando declaraciones de adhesión, con sus palabras que sonaban más y más huecas. Los oficiales comprometidos con la conspiración seguían sin actuar. Si no se habían arriesgado el 25, cuando la victoria parecía casi segura, ¿por qué ha- cerlo el 26, cuando el cielo se había nublado? De todas las ciudades del interior, Santiago era la más crítica. Ahí estaba la segunda base aérea del país, la única que hubiera podido desafiar a De los Santos, y en ella había oficiales comprometidos con el Movimiento Enriquillo. Y ahí estaba la Fortaleza San Luis del EN, con unos 200 soldados y oficiales, entre ellos muchos oficiales comprometidos con la rebelión. El 25 de abril el coronel Félix de la Mota, jefe de la fortaleza, desbordaba de entusiasmo constitucionalista. Se autoinvitó a la casa de don Antonio Guzmán, uno de los líderes perredeístas más destacados de la ciudad, y no se fue sin antes repetir

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