Historia General del Pueblo Dominicano Tomo VI
Historia general del pueblo dominicano 133 El Plan Enriquillo, como se llamaba el plan de la conspiración, se basa- ba en ciertas premisas: sorpresa y rapidez, el oportunismo de aquellos jefes militares que no estaban comprometidos con el movimiento, y la antipatía o recelo que muchos de ellos le tenían a Wessin. ¿Quién, entonces, se arriesgaría a actuar en favor de Wessin? No las otras dos bases aéreas del país donde también los constitucionalistas tenían partidarios. Tampoco la Marina de Guerra (3,500 hombres y unos pocos barcos), donde había oficiales superio- res y subalternos comprometidos con el movimiento, entre ellos el capitán de navío Manuel Montes Arache, jefe de los hombres ranas, unos 100 a 150 hombres que, por su entrenamiento, no tenían igual en el país. El Movimiento Enriquillo no tenía muchos partidarios en la Policía, pero esto no importaba. Nadie esperaba que la Policía peleara. El Plan Enriquillo le atribuía a la población un papel a la vez limitado y decisivo. Eran los militares, no el pueblo, los que llevarían a cabo la rebelión. Los conspiradores no querían revuelta popular, ni anarquía, ni derrama- miento de sangre inútil. No obstante el pueblo tenía un papel importante que jugar, y aquí es donde entraba el PRD. Los perredeístas tenían que exhortar las masas, tanto en la capital como en las otras ciudades, a manifestarse en las calles a favor del levantamiento. Su apoyo, respaldado por los fusiles y ametralladoras de los rebeldes, impulsaría a muchos oficiales a unirse a la insurrección. Confrontados con un enemigo al que despreciaban, Hernando Ramírez y sus oficiales preveían una victoria rápida. No habría guerra civil; algunas ráfagas de fuego serían suficientes. Una exhibición de fuerza por parte de hombres capaces y resueltos aplastaría la voluntad de resistir en individuos cobardes e incompetentes. Pocas horas después del estallido de la revuelta, un avión despegaría de la República Dominicana y otro aterrizaría en el Aeropuerto Internacional de Punta Caucedo. En el primero estaría Wessin; en el segundo, Bosch. La Constitución sería restaurada y Bosch repuesto como presidente hasta la expiración de su mandato, el 27 de febrero de 1967. Los funcionarios de la embajada norteamericana y la CIA ni se imagi- naban la existencia de un fuerte grupo de militares deseosos de restablecer a Bosch en la presidencia. Esto no cabía en sus esquemas mentales: los oficiales dominicanos eran corruptos y oportunistas. ¿Cómo podrían entonces querer regresar al poder a Juan Bosch, el hombre que había tratado de poner fin a la corrupción dentro de las Fuerzas Armadas? Y sin respaldo militar, el PRD era impotente. «Sean realistas», les aconsejaban los funcionarios de la embajada a aquellos lìderes del ala moderada del PRD con los cuales mantenían algún contacto. Reid Cabral gozaba del respaldo de EE. UU. y de Wessin. Él era el
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