Historia General del Pueblo Dominicano Tomo VI
120 Los rasgos del Estado de la posdictadura (1961-1966) supuesto, de dejar instalado el relevo que daría continuidad a la dominación del exterior. En medio de la Guerra «Fría», aquel certamen instalaría en el solio presidencial a la opción autoritaria, engendrada al calor de la larga dic- tadura que aparentemente había culminado apenas cinco años atrás. Así en la etapa preelectoral de la posguerra de 1965, la pacificación física no se hizo esperar en el vértice del estado de sitio resultante de las postrime- rías de la ocupación militar y el activismo de los militares dominicanos leales. El ángel exterminador, Abadón, alzó el vuelo y no descansó hasta terminar la obra que se había propuesto: el asesinato selectivo y constante de dirigentes o participantes en la insurgencia de abril con los fines de descalabrar la posibili- dad de reorganización y, además, para que sirviera de escarmiento ejemplar. Tal como Herman y Brodhead escriben: «Donald Keys, un observador de las elecciones de 1966, estableció que los asesinatos políticos ejecutados por los seguidores de Balaguer durante la campaña electoral llegaban a 300; Wiarda habla de varios cientos de constitucionalistas asesinados». 54 La pacificación continuó con otras medidas de las cuales resaltan: 1) el extrañamiento al exte- rior o el bloqueo al reingreso a los órganos armados de los militares del bando constitucionalista; 2) la politización de las Fuerzas Armadas dominicanas de la mano del binarismo extremo del amigo-enemigo que veía en los tildados de «comunistas» al enemigo interno o externo a aniquilar y 3) una mayor dotación de armamento de los organismos estatales y su entrenamiento. Así se impuso el inicio de una pacificación física de la sociedad y especialmente de los constitucionalistas y de aquellos que, desde cualquier posición polí- tica —estigmatizada de comunista—, impugnaran el orden autoritario que estaba por instalarse. Seguiría más adelante, con el aislamiento y persecución de sindicatos, de miembros de partidos, organizaciones profesionales y de clase media. Desde el punto de vista de la construcción del orden, a este impulso de pacificación física no le bastaba la contención de los recursos de la violencia existentes en la sociedad y su otra cara, la concentración de recursos de vio- lencia en el Estado. Como dice O. Ihl: «La desestimación de la violencia como modo de acción política impone particularmente crear espacios “neutraliza- dores” susceptibles de disipar la amenaza del contacto social. La ejecución de la actividad electoral ocupa, a este respecto, un sitio determinante». 55 Y, en relación con el proceso electoral que se estaba preparando a toda velocidad para el 1.º de junio de 1966, para que la pacificación enraizara, ameritaba el inicio de una normalización cívica que fuera logrando la interiorización de los fundamentos básicos de la democracia y del ejercicio de la delegación a tra- vés del voto. Pero el apaciguamiento para la desocupación y validación de la
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