Historia General del Pueblo Dominicano Tomo VI

118 Los rasgos del Estado de la posdictadura (1961-1966) alusión al pueblo que no fuera en términos de masas conducidas por una dirección política, es decir, lo contrario de despertarle conciencia de su poder. Las apuestas abiertas por las elecciones de 1966 El conflicto y la violencia social desatados con el propósito de reponer el orden legal derribado en septiembre de 1963 («la vuelta a la constitucio- nalidad sin elecciones») habían sido sofocados por las armas, pero ¿cómo el Estado dominicano siguió el proceso de este conflicto? ¿De qué manera el Estado continuó el manejo de la posible emergencia del accionar político del pueblo, truncada primero en 1963 y luego durante la insurrección de 1965? ¿Cómo el Estado se propuso liberar la «multitud» de sus temibles efectos di- solventes o peligrosos para el orden autoritario en curso de recomposición? Delimitaré el terreno analítico desde el cual intentaré aportar puntualmente respuestas a las anteriores interrogantes. El proceso de concentración estatal de la violencia —física y simbólica— se extiende en el largo plazo y se actualiza constantemente mediante la des- posesión de las capacidades o recursos de la sociedad para el ejercicio de la violencia y su conversión en control social o por medio de la normalización, a través de la cual los individuos interiorizan el orden. Norbert Elías en El proceso de civilización ha mostrado que el pasaje de la imposición de la vio- lencia física hacia el autoconstreñimiento o interiorización del orden por parte de los individuos, forma parte de la monopolización estatal de la violencia organizada. Esta última violencia es la que diferentes autores denominan vio- lencia simbólica, es decir la interiorización del orden social, que en palabras de Bourdieu se refiere a la inculcación de un arbitrario cultural , a través de la educación, la socialización y otras formas de normalización. Dentro de esa línea de reflexión, planteo que, mediante distintos recursos y tecnologías, el Estado, investido por una potencia extranjera al igual que en 1924, buscó la pacificación y la transformación de los conflictos y enfren- tamientos —que se les escapaban— para conducirlos en un primer momento al proceso altamente regulado y controlado de las elecciones nacionales . Aquí reside la gran apuesta de las elecciones de 1966 y de las sucesivas elecciones. Para algunos, este razonamiento podría colindar con un absurdo, ya que, en lugar de control social, el ejercicio del voto es considerado como el meca- nismo por excelencia de participación y delegación democrática y, además, la participación electoral universal es la forma adoptada para la legitimación racional del orden democrático representativo, basado en la voluntad po- pular. Ciertamente es así, pero además es un proceso de pacificación de las

RkJQdWJsaXNoZXIy MzI0Njc3