Historia General del Pueblo Dominicano Tomo VI
116 Los rasgos del Estado de la posdictadura (1961-1966) De manera puntual plantearé las formas de legitimación o de moviliza- ción que pretendieron las elecciones de 1930 y de 1942 bajo el Estado tru- jillista, muy diferente una de la otra. Precedidas de certeras persecuciones y asesinatos políticos para estrechar el espacio de la política y de cualquier asomo de oposición, las primeras elecciones de 1930, convocadas por el autor del reciente golpe de Estado, enviaron a la población una clara idea de la ruptura de una larga tradición de asonadas e inestabilidad política. La ban- da denominada «La 42» amedrentó selectivamente mediante una secuela de atropellos, desmanes y asesinatos con la intención de amordazar y aterrorizar para impedir el mínimo atisbo de oposición o de organización. Sus atrocidades fueron signos premonitorios de la futura clausura del espacio público-político más allá del espacio autorizado por el Estado. La sociedad fue atrapada por el poder del Estado mediante un despliegue de astucia y violencia del déspota: estas elecciones iniciales del Estado trujillista fueron unánimes, las únicas de la serie. Con la contundencia de la aclamación del jefe de Estado, los comicios de 1930 anunciaban el propósito de impedir cualquier asomo de vuelta al poder de los caudillos desarmados y desalentados por la concentración del monopolio de los medios de violencia, dispuestos por la ocupación americana y que, de ahora en adelante, tendrían un adalid indiscutible. También disua- dían sin contemplaciones cualquier intento oposicionista proveniente de las clases medias urbanas. Las elecciones de 1930, celebradas bajo la coacción, reforzaban el papel del monopolio de la violencia en su camino hacia la extinción del héroe gue- rrero propio de la montonera, de las pasiones levantiscas y de la inclinación por las armas, estudiadas por H. Hoetink. 47 Ambas demostraciones de con- centración del poder político, las elecciones a unanimidad, pero sobre todo el monopolio de la violencia, contribuirían a desencadenar en las personas una autocoacción individual y social, una contención y una represión de su propia violencia, como suele ocurrir al cabo de la monopolización de la violencia, tal como N. Elías plantea en su estudio sobre el proceso de civilización. 48 Por otra parte, la singularidad de las elecciones de 1942 radica en que fueron por primera vez el escenario del ejercicio del voto de las mujeres domi- nicanas. Esta nueva convocatoria a elecciones, sin opciones ni libertad, logró compactar todavía más el apoyo y la legitimación mediante la nueva adhe- sión que significó la incorporación de la mujer al voto y el otorgamiento del acceso al espacio público a nuevas voces condicionadas. No se hizo esperar la movilización de las mujeres, motorizada desde arriba, en adhesión y gratitud por el otorgamiento del acceso al voto y la posibilidad de ocupar posiciones gubernamentales por primera vez en la historia dominicana, en franca ruptura
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