Historia General del Pueblo Dominicano Tomo VI

154 La Revolución de Abril Cuando recibió el cable, a las 5:30 p. m., Johnson se encontraba reunido dis- cutiendo sobre Vietnam con un grupo de altísimos funcionarios, entre ellos el secretario de Estado Dean Rusk, el secretario de Defensa McNamara, el subse- cretario de Estado George Ball, el consejero para Seguridad Nacional McGeorge Bundy, y el general Earl Wheeler, jefe del Estado Mayor conjunto. «Todos reco- mendaron una inmediata respuesta positiva al pedido de Bennett». 56 El desembarco de los marines era el resultado inevitable de la decisión tomada el 25 de que la rebelión tenía que ser aplastada, una decisión que en aquel momento había parecido no presentar graves problemas, casi rutinaria: ni San Isidro ni la embajada pensaban en una intervención militar de EE. UU. Los generales se encargarían de aplastar la revuelta. Lo único que Estados Unidos tenía que hacer era alentarlos a pelear, escondiéndose detrás de una fachada de «neutralidad». Durante más de dos días esta política pareció tener éxito, y los funcionarios norteamericanos empezaron a pensar en lo que había que hacer después de la victoria. «El hombre que tiene que regresar, pienso yo, es Balaguer», opinaba Mann. 57 En la mañana del 28 de abril la pesadilla empezó, de pronto. Los rebeldes habían ganado la batalla del puente, en San Isidro cundía el pánico. Si el 25 los funcionarios norteamericanos habían pensado que el levantamiento lesionaba los intereses de EE. UU., lo que vieron el 28 les parecía una amenaza intole- rable: caos, turbas con armas, el colapso de las Fuerzas Armadas, es decir las condiciones ideales para la toma del poder por parte de los comunistas. El director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) le dijo a Johnson: «Hemos identificado a 8 guerrilleros entrenados por Castro que han echado al lado a la gente de Bosch y han tomado el mando de las fuerzas rebeldes». 58 Pero ni él ni ningún otro funcionario norteamericano tenían prueba alguna de que los comunistas hubieran tomado el control de la rebelión, o de que por lo menos tuvieran una influencia importante, por la sencilla razón de que eso no era cierto. Hasta asesores cercanos de Johnson se daban cuenta de que no había pruebas. Bundy le dijo a Johnson el 30 de abril que si bien la CIA había identificado a ocho rebeldes entrenados por los comunistas, «nadie hasta ahora ha dicho que alguno de ellos tenga el mando de una co- lumna rebelde». Bundy añadió que «no estaba seguro de que estos comunis- tas tuvieran el control de este desordenado movimiento». McNamara hizo el mismo planteamiento. 59 Y sin embargo ambos respaldaban la decisión de invadir. ¿Cómo se explica esta brecha entre la evidencia y las decisiones de la ad- ministración? En Santo Domingo los funcionarios estadounidenses vieron lo que más les daba terror: un pueblo en armas, civiles venciendo a los tanques,

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