Historia General del Pueblo Dominicano Tomo VI

136 La Revolución de Abril De los Santos envió al CEFA a uno de sus oficiales, el coronel Pedro Bartolomé Benoit, para informarle a Wessin la decisión de la Fuerza Aérea de hablar con los rebeldes. Fue una discusión dura, relatan tanto Wessin como Benoit. 13 La respuesta de Wessin fue la pasividad. Se había quedado toda la tarde sin actuar, menos aún iba a actuar ahora que anochecía. Reid Cabral seguía confiado. En la capital la población se había retirado a sus casas. Él seguía recibiendo declaraciones de apoyo de la 19 de Noviembre, de las bases aéreas de Santiago y Barahona, del batallón Mella, de las fortale- zas del EN del interior, de la Marina y de la Policía. Solo faltaban las unidades rebeldes. Y Wessin, extrañamente, no le informó de la actitud real de la 19 de Noviembre. 14 A las 8:35 p. m., en un discurso transmitido por radio y te- levisión, Reid Cabral informó al pueblo que la insurrección estaba limitada al campamento 27 de Febrero y a la Jefatura del EN, y lanzó un ultimátum a los rebeldes, para que se rindieran a más tardar a las 5 de la mañana del día siguiente. Si se negaban, las Fuerzas Armadas actuarían. La embajada de los EE. UU. quedaba tan a ciegas como Reid Cabral. Los informes del encargado de negocios William Connett (el embajador estaba visitando a su madre enferma en EE. UU.) eran tan tranquilizadores que el funcionario responsable de la República Dominicana en el Departamento de Estado se fue a su casa a las 6:30 de la tarde. Poco después de la medianoche Connett informaba: «Ningún cambio en la situación [...] De los Santos le ha asegurado dos veces a nuestro agregado aéreo que la Fuerza Aérea es leal. Una fuente de la embajada acaba de llamar para reportar que Wessin está confiado de su capacidad de controlar la situación». 15 L a caída de R eid C abral Alrededor de la una y media de la mañana del 25 de abril, unidades re- beldes entraron en la capital sin encontrar resistencia alguna. La población se volcó a la calle y la Policía se quedó tranquila, en sus cuarteles. La Guardia Presidencial, unos 400 hombres que protegían el Palacio Nacional, se declaró neutral. Dentro estaba Reid Cabral. Al fin Reid Cabral se dio cuenta de que no había fuerzas leales, de que lo habían abandonado. Y entonces le pidió ayuda a la embajada de EE. UU., su amiga y protectora a lo largo de su gobierno. Quería que la embajada presio- nara a los jefes militares para que aplastaran la rebelión y convenciera a los

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